Opinión Invitada: La sociedad del cansancio y el triunfo del más fuerte

Opinión Invitada: La sociedad del cansancio y el triunfo del más fuerte
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Si la captura de un mandatario en su propio palacio hubiera ocurrido en los años 60 o 70, las calles de América Latina estarían hoy en llamas. En aquel entonces, la soberanía era una religión.

Hoy, el silencio es ensordecedor. No es indiferencia: es agotamiento. Esta escena es la muestra más cruda de cómo han mutado nuestra forma de pensar, nuestros valores y nuestras aspiraciones colectivas.

Antes de avanzar, una precisión necesaria: nada de lo que sigue implica respaldo político, moral ni ideológico a Nicolas Maduro ni a su régimen. Sus abusos, su deterioro institucional y su responsabilidad en la tragedia venezolana están ampliamente documentados. El punto aquí no es absolver gobiernos, sino analizar por qué la sociedad global tolera —e incluso normaliza— la ruptura de las reglas cuando el actor es el más fuerte.

1. La orfandad de alternativas y el fracaso éticol. El ciudadano latinoamericano de 2026 se siente huérfano. Los proyectos políticos internos que prometieron dignidad y emancipación terminaron maleándose en el poder, dejando a su paso desastres económicos, corrupción estructural y una profunda decepción moral. Esa degradación hizo que el Derecho Internacional dejara de percibirse como garante de paz para convertirse, en el imaginario colectivo, en un escudo que solo protege dictadores. Ante la ausencia de un modelo local honesto y funcional, la admiración por el más fuerte se transforma en refugio. No es convicción ideológica: es resignación.

2. El vacío de los contrapesos: China, Rusia y Europa. ¿Por qué nadie sale al rescate? Porque el mundo ya no se organiza en valores, sino en intereses fríos y calculados.

  • China: Su apuesta es el comercio, no la confrontación. Mientras el nuevo orden garantice acceso a mercados y materias primas, Pekín no sacrificará negocios por soberanías ajenas. Su prioridad estratégica está en Asia: la cuestión de Taiwan, el control del Mar del Sur de China y el dominio de los océanos circundantes que aseguran sus rutas comerciales, energéticas y su proyección futura como potencia global. América Latina es relevante para China como proveedor y mercado, no como línea roja geopolítica.
  • Rusia: Absorbida por su guerra en Ucrania, utiliza la región más como ficha de distracción que como prioridad estratégica. No defenderá soberanías mientras la propia esté bajo fuego. El objetivo central de Moscú es consolidar el control de los territorios ya conquistados, asegurar su influencia sobre las antiguas repúblicas soviéticas y evitar retrocesos en su zona histórica de dominación. América Latina no define su supervivencia estratégica; Europa del Este, sí.
  • La Unión Europea: El viejo continente apenas sobrevive a sus propias fracturas. Atrapado entre crisis migratorias, tensiones sociales y el auge de nacionalismos internos, ha dejado de ser faro moral para convertirse en observador irrelevante, validando el seguidismo a Washington como precio por su protección.

El resultado es un sistema sin contrapesos reales.

3. De ciudadanos a piezas del mercado. El colapso del contrato educativo es la clave de esta pasividad. Ya no se forman ciudadanos con pensamiento crítico, sino piezas funcionales para el mercado o sujetos anestesiados por el consumo. A esto se suma una dependencia tecnológica casi absoluta, donde nuestras mentes están mediadas por plataformas extranjeras que moldean aspiraciones, discursos y silencios.

Se ha instalado una admiración casi mesiánica por el modelo del Norte.

Es imposible movilizar a una sociedad contra la potencia que encarna su ideal de éxito, estabilidad y orden.

4. “Seguridad por libertad”: el nuevo contrato social. Inspiradas en modelos de mano dura, amplias capas de la población han aprendido que pueden soportar casi todo si hay estabilidad. Frente al cansancio crónico de décadas de crisis, la gente está dispuesta a hacerse ciega, sorda y muda ante la intervención extranjera. El pragmatismo ha derrotado a la ética: si el fuerte impone orden, el precio de la soberanía parece aceptable. Este es el inicio de la época convulsa, estamos ante el amanecer de un siglo de hierro. En los años que le restan a la administración Donald Trump, el mapa de poder seguirá redibujándose bajo una premisa brutal: la ley pertenece a quien tiene la capacidad de imponerla.

Este episodio no es un hecho aislado, sino el capítulo más reciente de una saga más amplia: la del destino manifiesto reinterpretado en clave contemporánea y su corolario trumpista. La aceptación social del “mal favorito” —aquel que promete orden aunque atropelle las formas— explica el silencio frente a señales inquietantes que ya no se esconden ni se disimulan.

Ahí están las “bromas” sobre que Canadá debería convertirse en otro Estado; el desdén público hacia candidatos presidenciales en países como Bolivia; las presiones veladas a líderes como Gustavo Petro; las tensiones con Dinamarca por Groenlandia; o incluso la pretensión simbólica de rebautizar el Golfo de México. Gestos que, de haber ocurrido décadas atrás, habrían provocado escándalos diplomáticos inmediatos y protestas masivas. Hoy pasan casi sin ruido.

Con una ciudadanía exhausta y potencias que miran hacia otro lado, América Latina queda expuesta a una Doctrina Monroe aplicada sin complejos, sin disfraces diplomáticos y sin pudor moral.

Bienvenidos al realismo frío. Aquí ya no gana quien tiene razón (nunca lo han hecho, pero por lo menos se guardaban la formas) sino quien tiene la fuerza suficiente para hacerla irrelevante.

Fuente: Abril Peña

admin

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