Elsa Báez: de los ínferos a lo sublime del dolor

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La poesía genuina puede comunicar antes de que se entienda. (T.S. Eliot).

Es casi seguro que este título sea un ardid, un gancho —como se dice— un subterfugio, irreverente y mordaz, de la autora para advertirnos sobre lo que encontrará el lector en los poemas reunidos bajo el título “Mi infierno”. Pero también, y aquí no cabe el “casi”, ha sido un enunciado para perpetuar en nosotros aquello que no se ha dicho, pero que subyace en el cuerpo lírico de los poemas en el recogidos; la nada, el vergel de silencios subrayando la vida, entre sombras y arcoíris, apostrofando un mundo —alegórico el— donde las palabras concurren cual rumor vehemente para aquellas almas buscadoras de emociones desatadas, mientras nos miramos frente al espejo.

Una muestra de lo que acabo de sostener es el mismísimo poema homónimo “Mi infierno”. Me gustaría más adelante provocarlos con su lectura y la huella que esta idea de lo dicho hasta ahora dejó en mí ejercicio crítico. Hace unos días disfruté una entrevista que la autora le concediera a la escritora Sandra Margarita Fernández en su segmento “Ecos de personajes poéticos”, coincidir con Elsa y conocer algunos matices de su vida nos permiten llegar a comprender que “Mi infierno” puede llegar a considerarse, nuestro paraíso, pero estaremos hablando de su dulce martirio lírico más adelante.

En las páginas de “Mi infierno”, Editora Poetas de la Era, 2016, Elsa Báez nos invita a zozobrar en el fuego de sus más íntimos padeceres, pareceres o placeres, qué más da cuando de poesía escrita por mujer se trata. Porque no hay otra manera de sumirse en el poemario de una mujer que no sea dispuestos a exprimir nuestros pensamientos más remotos y do-lerse en el disfrute. Se le conoce como Placer, pero con mayúscula. Son pinceles sus versos y los poemas son lienzos que recogen una vida sumergida en el ímpetu de esta mujer, tamizados por la for-taleza y el coraje poético gestados como experiencia de vida.

La poesía, (no me cansaré de decirlo) es mi costumbre, siempre la he leído de manera aleatoria. No hay nada como permitirnos sorprendernos al abrir un libro y que un poema nos salte encima, nos abrace, o nos arroje un fardo de emociones inaplazables. Ima-ginemos ese instante cuando cada palabra se convierte en un destello de luz que enciende el alma. Así fue como el primer poema, y el primero del libro, además, con su acento coloquial y un espléndido uso de la metáfora, me invitó a un fandango de impresiones. Y es breve, que es lo mejor que luce.

Cuando la autora nos dice en el poema “Pasa”, “Que cuando atraviesas mi alma con tu sombra, aletean las sonrisas», encima de poseer una fuerza intrínseca indiscutible, nos sumerge de inmediato en una mar de estremecimientos que nos alertan para lo porvenir insospechado. Es aquí donde el poema, el libro y la autora consigue llevarnos al fuego de sus pasiones; donde las sonrisas no solo se ven, sino que palpitan con vida propia, saltan, retozan y el campo semántico de la imagen se ensancha. Vuela. Pero el sortilegio de esa estrofa primordial no termina ahí. El sujeto nos insta a no escatimar la oportunidad de humedecer nuestro ser con matices vibrantes.

Diecinueve palabras siquiera y un silencio jadeante se pasean por la página.  Cada palabra, como un mástil elevando velas, nos invita a explorar la infinita sed de vida que se adueña del hablante lírico y a sumergirnos en el caudal de nuestros propios deseos. «Pasa» se me antoja algo más que un breve e intenso poema; es un escape emocional para despertar nuestros sentidos, encender el fulgor de la creatividad y la imaginación más que nada. Todo lo dicho, sin desdorar que la autora se refiere a “tu sombra”, siquiera una sombra, un ápice, una nimiedad de altísimo valor simbólico ha podido generar esta ansia. A mí me resulta suficiente para pasar a la próxima página, siempre en modo aleatorio.

Pasa

Que cuando atraviesas

mi alma con tu sombra

aletean las sonrisas.

No dejes de salpicar

con colores mi ser.

En la soledad de la lectura, a veces uno permite acompañarse de sensaciones vectoriales, resultantes de aquellas lecturas anteriores vs práctica o momento reflexivo de las actuales. En ese anclaje para degustar e invitarlos a la lectura de la poesía escrita por Elsa Báez, se fueron entretejiendo algunas ideas en torno a la naturaleza poética de «Mi infierno», un poemario con el que su autora nos permite una excursión íntima, sosegada, desgarradora, deleitosa y sensible a través de las adversidades que toda experiencia humana lleva consigo como toma y daca. Les propongo un manojo de poemas donde se entreteje un cortinaje de simbolismos que plantan cara a muchísimas conformidades li-terarias, con lo cual Elsa atrapa a los lectores; sumergiéndonos en un piélago delirante, anchuroso en emociones, paroxismos y ardores que indudablemente estallan, se empozan, para finalmente repercutir en el alma —apacible o atormentada— del lector. Lo cierto es que resulta un libro de poemas inquietantes.

Les había prometido detenerme en el poema homónimo, un texto dual, que impresiona sobre manera la imagen de los dos primeros versos, “No pasa un instante, /sin que el entorno no agite las cadenas.”; confrontado con la metáfora de los dos versos conclusivos, “Te juzga para luego absorberte, /como las mariposas al néctar.” Un impulso a justipreciar el calado literario, poético y conceptual de la autora.

“Mi infierno” rompe su discurso con una aseveración defi-nitiva, permiso: «No pasa un instante sin que el entorno no agite las cadenas». Esta imagen evoca la sensación ineludible de la opresión permanente, bajo el simbolismo de la cadena, el sentido fantasmagórico se disipa por toda la imagen con fuerza evocadora, poniendo delante del lector un estado de angustia visible, aferrado en un lapso perenne de angustia. De ahí que al elegir la palabra «cadenas» la intencionalidad de la poeta no sea una gratuidad fortuita; sino que corre la veladura, y muestra la reciedumbre —inclemente— que va a tutelar la impronta del poema todo. La poeta no elude, desde el primer instante, que el protagonista se halla en un persistente estado de aflicción.

Por otra parte, el poema se consuma en una imagen y una metáfora a mi modo de ver impresionante, recuerden había su-gerido la idea de un poema dual, justo por ese principio y este final: “Te juzga para luego absorberte,  /como las mariposas al néctar.”. ¿El infierno, las cadenas, el chirrido, la soledad angustiosa que atormenta al sujeto lírico? Es un poema mar. Salitre y sal queman mientras hermosean, curten, condimentan. El (su) infierno planteado como un juez que inmediatamente «absorbe» al ser. Para concluir confrontando, porque indudablemente es una confrontación conceptual, literaria, metafórica como ya acotamos, este proceso con las mariposas, cuya fuente nutricia es justamente absorber para alimentarse con su ambrosía. Esta metáfora inspira una dualidad intrínseca: el infierno, la tristura, las cadenas como plano simbólico, no solo son inclementes, sino      —y sobre todo— un usurero ávidos de la naturaleza misma del individuo.

Amantísimos lectores, les dejo hasta aquí estas elucubraciones, y la propuesta de este y otros poemas de la autoría de Elsa Báez, autora que prestigia las páginas de nuestro Convite literario y la poesía y literatura de República Dominicana. Sientan que, a las puertas de las tinieblas que nos asechan, hay también la opción de otras experiencias humanas que cada quien atesora en el abismo de sus almas. Ella, las ha convertido en poesía. ¿Acaso no es un modo sublime de la expresión humana per se?

Fuente: Racso Morejón para el Diario Digital «Al Asunto»

Julia Sanchez

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