Opinión Invitada: Primero el partido por encima del individuo

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Un partido político no es simplemente una estructura creada para competir en procesos electorales. Es una comunidad de principios, valores, normas y objetivos compartidos; una institución concebida para trascender a quienes, de manera temporal, ejercen su dirección. Esa fue la visión con la que el profesor Juan Bosch fundó el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), una concepción que recientemente fue reafirmada por su secretario general, Johnny Pujols, durante la graduación del Instituto de Formación Política Profesor Juan Bosch.

Sus palabras fueron mucho más que un discurso de ocasión. Constituyeron una reafirmación de la esencia de una organización nacida para formar dirigentes, fortalecer la institucionalidad y colocar siempre el interés colectivo por encima de cualquier aspiración individual.

Al escucharlas fue inevitable recordar una célebre entrevista en la que un periodista insistía en preguntarle a Juan Bosch si volvería a ser candidato presidencial y si, como fundador del partido, no era él quien debía decidir el rumbo de la organización. Su respuesta fue tan sencilla como profunda:

«Eso lo resuelve el partido». Ante la insistencia del entrevistador, Bosch añadió otra frase que sintetiza toda una filosofía política: «Yo no soy un caudillo».

Aquellas palabras no representaban únicamente un gesto de humildad personal; constituían una auténtica lección de institucionalidad. Bosch comprendía que ningún dirigente, por importante que fuera su liderazgo o por grande que fuera su influencia, podía situarse por encima de la organización que había contribuido a construir. La autoridad de un partido descansa en sus principios, en sus organismos y en la voluntad colectiva de sus miembros, nunca en la voluntad individual de una sola persona.

Esa concepción explica por qué el Partido de la Liberación Dominicana nació como una escuela política antes que como una simple maquinaria electoral. Su propósito no era únicamente conquistar el poder, sino formar hombres y mujeres con conciencia política, disciplina, vocación de servicio y una comprensión profunda de la realidad dominicana. La formación nunca fue un complemento; fue el cimiento sobre el cual debía edificarse cada dirigente y la garantía de que el partido respondería siempre a un proyecto colectivo antes que a intereses particulares.

Precisamente esa doctrina fue reivindicada por Johnny Pujols al recordar que el PLD nació para formar cuadros políticos, fortalecer la organización y preservar una cultura en la que ningún individuo, por brillante que sea, vale más que la institución que lo formó. Recordó, además, que las organizaciones trascienden a quienes circunstancialmente las integran y que su verdadera fortaleza reside en la formación, la mística, el método y el propósito compartido. Más que presentar una idea nueva, sus palabras devolvieron al centro del debate los principios fundacionales que continúan definiendo la identidad peledeísta.

Militar en un partido político es una decisión libre.

Nadie está obligado a pertenecer a una organización. Sin embargo, quien decide hacerlo asume también el compromiso de respetar su doctrina, sus estatutos y las reglas que garantizan su funcionamiento. En el caso del PLD, uno de esos pilares es el principio del centralismo democrático.

Este principio reconoce el derecho de cada compañero y compañera a expresar sus ideas, debatir con libertad y enriquecer las decisiones dentro de los organismos correspondientes. Pero, al mismo tiempo, establece el deber de respaldar las decisiones adoptadas democráticamente por el partido. Esa combinación de debate, participación, disciplina y unidad constituye una de las grandes enseñanzas del profesor Juan Bosch y una de las razones por las que el PLD llegó a convertirse en una referencia de organización política, institucionalidad y capacidad de gobierno.

Por ello, toda diferencia, propuesta o inquietud encuentra su espacio natural dentro de los organismos partidarios. No porque las discrepancias deban ocultarse, sino porque una organización madura se fortalece cuando sus debates se desarrollan donde corresponde, con respeto, argumentos y apego a las normas que ella misma ha establecido. Lejos de limitar la democracia interna, esa práctica la fortalece, la ordena y reafirma la legitimidad de las decisiones colectivas.

Ese fue precisamente el ejemplo que dejó Juan Bosch.

Siendo fundador, líder e ideólogo del PLD, aceptó siempre que la última palabra correspondía al partido y no a su propia voluntad. En ello radica una de las mayores diferencias entre una organización institucional y un proyecto personalista.

Los grandes partidos no perduran porque carezcan de diferencias. Permanecen vigentes porque poseen principios, organismos y mecanismos capaces de procesarlas con madurez institucional. Esa cultura política impide que las personas se conviertan en el centro de la organización y garantiza que el proyecto colectivo prevalezca sobre cualquier interés individual. Esa ha sido, históricamente, una de las mayores fortalezas del Partido de la Liberación Dominicana y una de las razones por las que logró formar generaciones de dirigentes comprometidos con el servicio al pueblo dominicano.

Las palabras del secretario general recuerdan precisamente esa herencia doctrinal. No invitan a contemplar el pasado con nostalgia, sino a preservar viva la esencia que convirtió al PLD en una organización reconocida por su formación política, su disciplina y su institucionalidad. Recordar esos principios significa reafirmar la identidad de un partido convencido de que la organización siempre será más grande que cualquiera de sus dirigentes y de que el verdadero liderazgo consiste en fortalecer la institución para que esta pueda servir mejor a la sociedad.

Ese legado también representa un compromiso de futuro. Corresponde fortalecer cada organismo, formar nuevos cuadros, escuchar a la militancia y profundizar el reencuentro con la base partidaria y con el pueblo dominicano, verdadera razón de ser de toda acción política.

Como fue recordado recientemente, el poder no constituye el destino final; es el instrumento para servir a la gente. En consecuencia, el camino hacia el gobierno no debe entenderse como una meta en sí misma, sino como la oportunidad de transformar positivamente la vida de los dominicanos, como ocurrió durante los años de gestión del PLD.

Si el partido permanece fiel a los principios legados por Juan Bosch, fortalece su institucionalidad, respeta sus organismos y coloca siempre el interés colectivo por encima de cualquier aspiración personal, estará en mejores condiciones de recuperar la confianza ciudadana. Porque la verdadera unidad no consiste en pensar todos de la misma manera, sino en compartir un propósito común: servir a la nación.

Primero el partido.

Porque cuando una organización coloca por delante sus principios, su institucionalidad y su compromiso con el pueblo, también coloca en primer lugar el futuro de la República Dominicana.

Fuente: Asiaraf Serulle

admin

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