Opinión Invitada: Deja salir esas lágrimas

Opinión Invitada: Deja salir esas lágrimas
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«El escritor, comunicador y psicólogo Riqui Gell nos invita a reflexionar sobre la importancia de llorar»

Llorar no es señal de debilidad. Es profundamente humano. Y en muchos casos, no llorar cuando el alma lo necesita puede ser una señal de desconexión interior más seria de lo que solemos admitir.

A lo largo de las Escrituras encontramos hombres y mujeres que lloraron sin vergüenza ni ocultamiento. Abraham lloró la partida de Sara, Jacob se quebró ante la aparente pérdida de José, Ana derramó su alma en llanto pidiendo un hijo, y Pedro lloró amargamente tras negar a Jesús. Incluso Cristo, con plena conciencia de su poder y propósito, lloró frente a la tumba de Lázaro antes de resucitarlo. Si el Hijo de Dios permitió que las lágrimas brotaran, queda claro que el llanto no contradice la fe, sino que muchas veces la expresa.

C. S. Lewis decía que Dios nos habla a través de la conciencia, pero nos grita a través del dolor. En ese sentido, las lágrimas suelen ser un lenguaje honesto del alma, una forma en la que el corazón expresa lo que las palabras no logran articular.

No todas las lágrimas nacen del mismo lugar. Algunas surgen de lo que nos atrae pero nos destruye; otras del remordimiento por errores que ya han sido perdonados, aunque aún no han sido sanados por dentro; y otras más de un drama sin profundidad, donde la emoción reemplaza la verdad. Pero también existen lágrimas genuinas: las del duelo por una pérdida real, las del cansancio de la vida, las del arrepentimiento sincero delante de Dios, o incluso las del dolor por el pecado de alguien cercano, que debería movernos a compasión en lugar de indiferencia.

El problema no es llorar. El problema es que, en muchos casos, no hemos aprendido a acompañar el llanto de otros. Frente al dolor ajeno, solemos apresurarnos a llenar el silencio con palabras, cuando a veces lo más sanador es simplemente estar. Sentarse al lado del que sufre. Abrir espacio. Sostener sin invadir. Abraza más y explica menos.

Las lágrimas no debilitan; humanizan. Y en una cultura que muchas veces exige fortaleza constante, permitirse llorar puede ser un acto de verdad interior.

Preguntas para reflexionar

1. ¿Qué dolor has estado evitando sentir o expresar porque crees que deberías ser “fuerte”?

2. Cuando alguien cercano sufre, ¿te inclinas más a hablar o a acompañar en silencio?

3. ¿Has permitido que el duelo cumpla su función en tu vida o lo has postergado indefinidamente?

Fuente:  Viaja ligero (Disponible en Amazon)

 

admin

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