Opinión Invitada: ¿Por qué copiamos unas cosas y otras no?
La República Dominicana es un país que históricamente ha demostrado una gran capacidad para adoptar tendencias, costumbres y modelos provenientes de otras sociedades. Desde la moda y la tecnología hasta expresiones culturales y estilos de consumo, los dominicanos solemos incorporar con rapidez aquello que despierta nuestro interés o admiración. Sin embargo, surge una interrogante que merece una reflexión profunda:
¿Por qué resulta tan sencillo copiar ciertas tendencias y tan difícil replicar los hábitos, valores y prioridades que han permitido a otras naciones alcanzar altos niveles de desarrollo?
Esta pregunta conduce inevitablemente al análisis de uno de los principales desafíos del país: la generación de oportunidades para que el esfuerzo de las personas pueda traducirse en progreso real. La República Dominicana cuenta con una población trabajadora, emprendedora y resiliente. Basta recorrer comunidades urbanas y rurales para constatar el sacrificio diario de miles de ciudadanos que buscan mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias.
Por ello, resulta importante comprender que la pobreza no necesariamente está asociada a la falta de voluntad o de trabajo. En muchos casos, las limitaciones provienen de la insuficiencia de herramientas, capacitación, acceso a oportunidades y condiciones adecuadas para desarrollar plenamente el potencial de las personas.
En ese contexto, las ayudas sociales desempeñan un papel relevante como mecanismo de protección para los sectores más vulnerables. No obstante, la experiencia internacional demuestra que ninguna nación ha alcanzado niveles sostenibles de desarrollo únicamente a través de programas de asistencia. Las ayudas cumplen una función necesaria, pero deben estar acompañadas de políticas que fomenten la educación, la formación técnica, la creación de empleos y el fortalecimiento de capacidades productivas.
La historia de países como Corea del Sur, Taiwán y Singapur ofrece importantes lecciones. Aunque sus trayectorias son diferentes, todos compartieron una visión estratégica centrada en la inversión en capital humano. Apostaron por sistemas educativos robustos, formación especializada, innovación, productividad y desarrollo tecnológico. Comprendieron que la riqueza más importante de una nación reside en las capacidades de su gente.
Si admiramos los resultados obtenidos por estas sociedades, resulta válido preguntarnos por qué no adoptamos con igual entusiasmo las prioridades que hicieron posible su transformación. Más allá de replicar modelos externos, el desafío consiste en adaptar aquellas prácticas que promueven la competitividad, la movilidad social y el crecimiento económico sostenible.
La respuesta requiere impulsar mayores oportunidades para los jóvenes, ampliar la formación técnica y profesional, fortalecer el acceso a la tecnología, fomentar el emprendimiento y lograr una mejor articulación entre el sistema educativo y las necesidades del mercado laboral. Preparar a la población para responder a las exigencias de una economía globalizada ya no es una opción, sino una necesidad.
Sin embargo, el desarrollo no depende únicamente de la preparación de los trabajadores. También es imprescindible considerar la realidad de quienes generan empleo e impulsan la actividad económica. Empresarios, productores, comerciantes y emprendedores enfrentan importantes desafíos relacionados con costos operativos, competitividad, incertidumbre para la inversión y escasez de personal calificado en áreas estratégicas.
Cuando una empresa reduce operaciones, pospone inversiones o abandona un mercado, las consecuencias trascienden al sector privado. Se afectan los empleos, los ingresos familiares, las cadenas de suministro, las comunidades y las finanzas públicas. En otras palabras, el impacto recae sobre toda la sociedad.
Por esta razón, las políticas públicas deben concebirse desde una visión integral del desarrollo. El país necesita un entorno donde exista confianza para invertir, condiciones favorables para producir, oportunidades para trabajar con dignidad y mecanismos efectivos para que la educación se convierta en una verdadera herramienta de movilidad social. No se trata de favorecer a un sector sobre otro, sino de reconocer que el bienestar colectivo depende de la capacidad de todos los actores para crecer y prosperar.
Algunos podrían considerar estas aspiraciones como ideales difíciles de alcanzar. Sin embargo, toda nación que hoy sirve de referencia internacional comenzó enfrentando limitaciones y desafíos similares. Su progreso fue posible porque hubo ciudadanos y líderes que decidieron imaginar un futuro diferente y trabajar para construirlo.
La República Dominicana posee el talento humano, la capacidad emprendedora y la energía social necesarias para avanzar hacia una etapa de mayor desarrollo. Lo que se requiere es una decisión colectiva de priorizar la educación, la productividad, la innovación y la generación de oportunidades como pilares fundamentales del crecimiento nacional.
La verdadera pregunta no es si el país tiene la capacidad para lograrlo. La pregunta es cuándo estaremos dispuestos a asumir ese compromiso como una meta nacional compartida.
Fuente: Asiaraf Serulle

