Opinión Invitada: Memoria, dolor y responsabilidad colectiva
El 8 de abril ha quedado en la memoria del pueblo dominicano y del mundo como un día lleno de dolor pues lo que era una fiesta se convirtió en una escena teñida de sangre.
Lo que comenzó como una cita para la alegría —para el baile, el encuentro y el deleite de canciones románticas al ritmo del merengue, interpretadas por la voz inconfundible de Rubby Pérez— terminó convirtiéndose en una cita con la tragedia. A las 12:44 de la madrugada de aquel fatídico 8 de abril de 2025, 236 vidas quedaron marcadas por un destino que nadie imaginó. Lo que debió ser celebración se transformó en silencio, ausencia y luto.
Hoy, un año después, la República Dominicana no solo recuerda: siente. Siente en cada familia que aún guarda una silla vacía, en cada amigo que revive la última conversación, en cada ciudadano que, aunque no conociera a las víctimas, reconoce que ese dolor también le pertenece. Porque hay tragedias que trascienden lo individual y se convierten en heridas colectivas.
Recordar no es un ejercicio pasivo. No se trata únicamente de mirar atrás con tristeza, sino de asumir una responsabilidad hacia adelante. Cada vida perdida interpela a la sociedad, cuestiona nuestras estructuras, nuestros controles, nuestras decisiones y, sobre todo, nuestra indiferencia. ¿Qué falló? ¿Qué pudo evitarse? ¿Qué estamos haciendo hoy para que no vuelva a ocurrir?
La memoria, cuando es verdadera, incomoda. Nos obliga a no normalizar lo inaceptable, a no archivar el dolor como si fuera un hecho aislado. Nos exige transformar el duelo en acción: en mejores políticas, en mayor vigilancia, en instituciones más responsables, en ciudadanos más conscientes.
No se trata de buscar culpables en el vacío, sino de construir garantías reales de no repetición. Porque honrar a quienes ya no están implica algo más profundo que un minuto de silencio: implica cambiar aquello que permitió que la tragedia ocurriera.
Que la memoria de esas 236 vidas no se diluya en el tiempo ni en la rutina. Que nos acompañe, que nos incomode y, sobre todo, que nos transforme.
El 8 de abril ya no será una fecha cualquiera. Es un recordatorio permanente de lo frágil que puede ser la vida, pero también de lo urgente que es protegerla.
Porque olvidar sería la tragedia más grande de todas.
Fuente: José Ventura (José lo Dice)

